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Una crónica de reconciliación.

Autora: Mónica Álvarez Aguirre

"Gracias querida Josefina por este relato que dice tanto y tan vivido del camino de ustedes, unido. Pacho" Francisco José de Roux

El viaje

La concepción y los preparativos del Primer encuentro de reconciliación entre mujeres víctimas del conflicto armado: Rostros de Mujeres que generan nueva vida para que la Paz brote del medio y bajo Caguán con rostro de Mujer, organizado por Mujer Misterio de Amor que Da Vida a la Vida – MUMIDAVI, apoyado por el PNUD y la Fuerza de Tarea Conjunta Omega que opera en el Caquetá, que se llevaría a cabo los días 3, 4 y 5 de noviembre en Cartagena del Chairá, me eran tan complejos como su largo nombre. Complejo porque allí estarían viudas e hijas de policías y militares, mujeres de las Farc, mujeres del alto y bajo Caguán víctimas de la policía, del ejército y de la guerrilla y Sandra Henao la esposa del general Flórez.

Complejo porque sentía que me dirigía a un lugar colmado de tensiones que en algún momento y por el más pequeño detalle podrían convertirse en un desencuentro, en una confrontación que evidenciaría una vez más que la guerra nos ha obligado a tomar bando, a construir enemigos con nombre pero sin rostro, aquel que se espera mirar algún día a los ojos para por fin poder reclamarle que diga el por qué, en dónde está, para contarle la historia de un hijo, una hija, un padre, un esposo, un tío, un hermano amado, que se convirtió en una terrible ausencia, en una herida difícil de sanar.

La complejidad aumentó cuando a mi pregunta de cuál sería la agenda del encuentro, Josefina Perdomo Rivera, directora de MUMIDAVI, me envió una nota en la que solo estaba el tema, el día y la hora en la que haría mi intervención, el resto me dijo, es parte de la sorpresa. ¡Más! Estuve a punto de decirle, pero guardé silencio, era Josefina, una mujer cuyo trabajo creía conocer hasta ese momento.

En Cartagena del Chairá descubrí que todas habíamos emprendido el viaje sin una brújula que nos demarcara horarios, lugares específicos y actividades. Al llegar intenté compartir mi incertidumbre con algunas de las asistentes pero la respuesta de una de ellas me dejó sin palabras: ¡Y quién no confía en Josefina!

Para llegar a Cartagena del Chairá debía tomar un avión hasta Florencia capital del Caquetá, y luego un carro por tres o cuatro horas o más, todo dependía del clima. Si había llovido la carretera podía volverse un largo tramo de espera en medio del calor y la humedad de un territorio que es la puerta del Amazonas, un territorio que yo apenas percibía y adivinaba a través de los relatos de otros. Afortunadamente el clima había estado seco, así que promedié unas tres horas de viaje. Mi optimismo aumentó cuando el carro avanzaba por una carretera pavimentada, con poco tránsito, por la que iban apareciendo algunos pequeños caseríos. Adentro íbamos tan solo tres pasajeras que fuimos reconociéndonos en el trayecto: una de las representantes de las Farc en las negociaciones de la Habana, una profesora que había salido de Cartagena del Chairá hacía varios años (un accidente y el haber estado presa injustamente por rebelión habían generado su salida) y yo, como integrante de la Red Colombiana de Lugares de Memoria. Luego nos detuvimos para recoger a dos integrantes más de las Farc que están en la zona de transición de la Montañita.

Mi alegría se acabó cuando empezamos a transitar por un camino colmado de baches profundos que hacían que el carro se moviera con lentitud, midiendo con cuidado el lado y la forma por donde mejor podía pasarlos. Sentía que me iba adentrando en un sendero que me dejaría perdida en la mitad de la nada, rodeada de árboles y observando, hasta quedar dormida, aquel maravilloso e incierto atardecer de la llanura. Pensé en Josefina, en las tantas veces que me ha contado sobre su dificultad para comunicarse, para tener acceso a la señal de internet, para viajar hasta Bogotá.

Cuando por fin llegamos a Cartagena del Chairá no lo podía creer. Apareció de pronto y sin que pudiera preverlo un pueblo con calles muy amplias, con separadores en los que crecen grandes árboles; con gente tranquila que conversaba en la calle o que se dirigía hacia algún lugar en moto, las mismas que abarrotan la mayoría de ciudades y pueblos de Colombia.

Nos instalamos en un hotel agradable y sencillo, más tarde vendrían a recogernos para ir a la cena de bienvenida. A pesar de la cercanía, Josefina prefirió pedir a la alcaldía una buseta que nos llevaría a los distintos lugares en los que se realizarían las actividades. Es mejor no llamar la atención, nos dijo.

La cena se llevó a cabo en Villa Luz un lugar con dos piscinas en donde dos veces a la semana son atendidos por un equipo especializado de MUVIDAVI, los niños y niñas con necesidades especiales. Allí se presentaron Andrea Durán, fisioterapeuta; Vanesa Patiño, Educadora especial; Lucía Peña, psicóloga; Deily Dayan Rojas, Comunicadora Social; Amalfi Beltrán, líder comunitaria; Yenny Nataly Vargas Neira, abogada y Susanita, religiosa francesa que llegó a Colombia a los dieciocho años, y que lleva más de cincuenta años trabajando con diferentes comunidades. Gracias a su persistencia, a la confianza en su tarea, Josefina ha logrado que estas jóvenes estudien en diferentes universidades del país, carreras que responden tanto a sus intereses como a las necesidades de la comunidad. Todo un equipo preparado y comprometido para acompañarnos en un Encuentro al que todavía le temía.

El homenaje

A las siete de la mañana bajamos a desayunar, y la buseta nos recogió a las ocho para llevarnos al megacolegio José María Córdoba, en donde poco a poco también fueron llegando las mujeres que habitan en Cartagena del Chairá, muchas de las cuales provienen de otros lugares. Luego pasamos al salón de encuentro, un espacio amplio y sin paredes, lo que permitía ver el hermoso paisaje que rodea al colegio, la extensa llanura que se extiende detrás de él colmada de vegetación y unas montañas que se ven a lo lejos. Pero era precisamente esa ubicación, la que lo había convertido en otros años en lugar de escape de los guerrilleros, después de los combates con el ejército en el pueblo.

Ese día vivimos uno de los momentos más difíciles de describir y estoy segura de que pervive en la memoria de muchas, sino de todas las que estuvimos allí. Un momento que me confrontó con mis prejuicios, con esas fáciles generalizaciones que solemos hacer y que nos llevan a conformarnos porque pensamos que no es posible.