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INICIATIVAS Y ACCIONES DE MEMORIA

Categoría

Crónica

Fecha de Publicación

03.30.2018

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Lo imposible
Por: Mónica Álvarez

Una crónica de reconciliación.

"Gracias querida Josefina por este relato que dice tanto y tan vivido del camino de ustedes, unido. Pacho" Francisco José de Roux

El viaje

La concepción y los preparativos del Primer encuentro de reconciliación entre mujeres víctimas del conflicto armado: Rostros de Mujeres que generan nueva vida para que la Paz brote del medio y bajo Caguán con rostro de Mujer, organizado por Mujer Misterio de Amor que Da Vida a la Vida – MUMIDAVI, apoyado por el PNUD y la Fuerza de Tarea Conjunta Omega que opera en el Caquetá, que se llevaría a cabo los días 3, 4 y 5 de noviembre en Cartagena del Chairá, me eran tan complejos como su largo nombre. Complejo porque allí estarían viudas e hijas de policías y militares, mujeres de las Farc, mujeres del alto y bajo Caguán víctimas de la policía, del ejército y de la guerrilla y Sandra Henao la esposa del general Flórez.

Complejo porque sentía que me dirigía a un lugar colmado de tensiones que en algún momento y por el más pequeño detalle podrían convertirse en un desencuentro, en una confrontación que evidenciaría una vez más que la guerra nos ha obligado a tomar bando, a construir enemigos con nombre pero sin rostro, aquel que se espera mirar algún día a los ojos para por fin poder reclamarle que diga el por qué, en dónde está, para contarle la historia de un hijo, una hija, un padre, un esposo, un tío, un hermano amado, que se convirtió en una terrible ausencia, en una herida difícil de sanar.

La complejidad aumentó cuando a mi pregunta de cuál sería la agenda del encuentro, Josefina Perdomo Rivera, directora de MUMIDAVI, me envió una nota en la que solo estaba el tema, el día y la hora en la que haría mi intervención, el resto me dijo, es parte de la sorpresa. ¡Más! Estuve a punto de decirle, pero guardé silencio, era Josefina, una mujer cuyo trabajo creía conocer hasta ese momento.

En Cartagena del Chairá descubrí que todas habíamos emprendido el viaje sin una brújula que nos demarcara horarios, lugares específicos y actividades. Al llegar intenté compartir mi incertidumbre con algunas de las asistentes pero la respuesta de una de ellas me dejó sin palabras: ¡Y quién no confía en Josefina!

Para llegar a Cartagena del Chairá debía tomar un avión hasta Florencia capital del Caquetá, y luego un carro por tres o cuatro horas o más, todo dependía del clima. Si había llovido la carretera podía volverse un largo tramo de espera en medio del calor y la humedad de un territorio que es la puerta del Amazonas, un territorio que yo apenas percibía y adivinaba a través de los relatos de otros. Afortunadamente el clima había estado seco, así que promedié unas tres horas de viaje. Mi optimismo aumentó cuando el carro avanzaba por una carretera pavimentada, con poco tránsito, por la que iban apareciendo algunos pequeños caseríos. Adentro íbamos tan solo tres pasajeras que fuimos reconociéndonos en el trayecto: una de las representantes de las Farc en las negociaciones de la Habana, una profesora que había salido de Cartagena del Chairá hacía varios años (un accidente y el haber estado presa injustamente por rebelión habían generado su salida) y yo, como integrante de la Red Colombiana de Lugares de Memoria. Luego nos detuvimos para recoger a dos integrantes más de las Farc que están en la zona de transición de la Montañita.

Mi alegría se acabó cuando empezamos a transitar por un camino colmado de baches profundos que hacían que el carro se moviera con lentitud, midiendo con cuidado el lado y la forma por donde mejor podía pasarlos. Sentía que me iba adentrando en un sendero que me dejaría perdida en la mitad de la nada, rodeada de árboles y observando, hasta quedar dormida, aquel maravilloso e incierto atardecer de la llanura. Pensé en Josefina, en las tantas veces que me ha contado sobre su dificultad para comunicarse, para tener acceso a la señal de internet, para viajar hasta Bogotá.

Cuando por fin llegamos a Cartagena del Chairá no lo podía creer. Apareció de pronto y sin que pudiera preverlo un pueblo con calles muy amplias, con separadores en los que crecen grandes árboles; con gente tranquila que conversaba en la calle o que se dirigía hacia algún lugar en moto, las mismas que abarrotan la mayoría de ciudades y pueblos de Colombia.

Nos instalamos en un hotel agradable y sencillo, más tarde vendrían a recogernos para ir a la cena de bienvenida. A pesar de la cercanía, Josefina prefirió pedir a la alcaldía una buseta que nos llevaría a los distintos lugares en los que se realizarían las actividades. Es mejor no llamar la atención, nos dijo.

La cena se llevó a cabo en Villa Luz un lugar con dos piscinas en donde dos veces a la semana son atendidos por un equipo especializado de MUVIDAVI, los niños y niñas con necesidades especiales. Allí se presentaron Andrea Durán, fisioterapeuta; Vanesa Patiño, Educadora especial; Lucía Peña, psicóloga; Deily Dayan Rojas, Comunicadora Social; Amalfi Beltrán, líder comunitaria; Yenny Nataly Vargas Neira, abogada y Susanita, religiosa francesa que llegó a Colombia a los dieciocho años, y que lleva más de cincuenta años trabajando con diferentes comunidades. Gracias a su persistencia, a la confianza en su tarea, Josefina ha logrado que estas jóvenes estudien en diferentes universidades del país, carreras que responden tanto a sus intereses como a las necesidades de la comunidad. Todo un equipo preparado y comprometido para acompañarnos en un Encuentro al que todavía le temía.

 

El homenaje

A las siete de la mañana bajamos a desayunar, y la buseta nos recogió a las ocho para llevarnos al megacolegio José María Córdoba, en donde poco a poco también fueron llegando las mujeres que habitan en Cartagena del Chairá, muchas de las cuales provienen de otros lugares. Luego pasamos al salón de encuentro, un espacio amplio y sin paredes, lo que permitía ver el hermoso paisaje que rodea al colegio, la extensa llanura que se extiende detrás de él colmada de vegetación y unas montañas que se ven a lo lejos. Pero era precisamente esa ubicación, la que lo había convertido en otros años en lugar de escape de los guerrilleros, después de los combates con el ejército en el pueblo.

Ese día vivimos uno de los momentos más difíciles de describir y estoy segura de que pervive en la memoria de muchas, sino de todas las que estuvimos allí. Un momento que me confrontó con mis prejuicios, con esas fáciles generalizaciones que solemos hacer y que nos llevan a conformarnos porque pensamos que no es posible.

 

En el piso del centro del salón se puso una tela con los cuatro elementos a manera de altar, allí las mujeres le rendirían homenaje a los seres queridos que han muerto o que están desaparecidos. Una a una fueron pasando a contar la historia de su hijo, de su hija, de su esposo, de su hermano, de su tío, de su padre; su ocupación, la forma como las trataba, el amor que le tienen, la falta que les hace. Cada una de ellas llevaba en la mano su foto, que depositaba en el altar una vez terminaba de presentarnos su historia. En ese momento sentía cómo esa mujer se desprendía por un instante de esa imagen para compartirla con todas las asistentes. Allí había seres muy amados, no importaba si habían sido guerrilleros, militares o campesinos. La guerra se los había llevado a todos por igual. El dolor por su muerte o desaparición era el mismo y era tan profundo, que las lágrimas se iban derramando sin que hubiera forma de amarrarlas. Había mujeres que llevaban varias fotos, que iban contando la historia de cada uno de ellos y de ellas, otras que narraron lo difícil que es ser la hija o la esposa de un militar, el tener que crecer en zonas de combate, el rezar cada día para que llegara completo y vivo. Una de las guerrilleras llevaba cinco fotos de sus familiares muertos. Allí había madres, esposas, hermanas, hijas de militares, guerrilleros y campesinos envueltos en una guerra que habían ido heredando de generación en generación.

Al final nos abrazamos, nos miramos, y en la profundidad vimos las historias que se han guardado por muchos años en silencio, con miedo, con rabia, con frustración e indignación. Se abrazó la integrante de las Farc con la esposa, la hija del militar, del policía; se abrazaron las mujeres del alto y bajo Caguán, porque todas, independientemente del lugar de donde proveníamos y del bando en el que hubiera estado la persona que se había perdido en esa larga y terrible guerra, sentíamos el mismo dolor, la misma ausencia y el mismo deseo de que haya paz, de que lo sucedido no se repita.

Después de aquel momento podíamos sentarnos con tranquilidad a conversar la una con la otra, las historias por mucho tiempo guardadas iban fluyendo. Allí estaba la hija que había entendido la lucha de una madre, que tuvo que compartir con toda una comunidad; la madre de un soldado profesional que después de varios años de haber recibido el cuerpo de su hijo, conocía el lugar en donde había muerto; las que habían combatido en esa zona; las que siguen buscando a sus desaparecidos o llorando a sus muertos; las que por muchos años habían guardado en silencio la historia de su hijo o de su hija guerrillera; las que estuvieron presas injustamente por rebelión, una de las cuales tuvo que pasar una noche en un socavón disputándose con las ratas un pedazo de pan que llevaba, mientras escuchaba gritos en medio de la oscuridad. Conocí mujeres líderes de un barrio, de una vereda, de una comunidad, madres amorosas, abuelas muy jóvenes, con una adolescencia que se les había quedado guardada en el brillo de sus ojos.

Entendí entonces por qué Josefina había insistido tanto en que ese espacio fuera solo de y para las mujeres. Allí podíamos expresar las emociones y las ideas con confianza, sin el temor a la censura, el reproche o el comentario, a esa presión que siente la mujer en una sociedad tan machista como la nuestra. Las mujeres necesitaban ese espacio porque en él podían ver, entender y reconocer su trabajo cotidiano por la vida, por mantener unida a una comunidad que el miedo y la muerte resquebrajaban. Las mujeres que se habían echado al hombro a los sobrevivientes para buscar una nueva tierra o barbechar la que habían sembrado con la muerte, para que la esperanza volviera a renacer. Las mujeres que escriben relatos silenciados o negados, íbamos reconociendo y valorando nuestra historia y entendíamos la necesidad de contarla y de contarnos.

En los relatos de varias de las mujeres presentes también fue apareciendo de a pedazos la historia de Peñas Coloradas. Más tarde una de ellas me contaría que en el año 2004 el ejército los sacó a todos del pueblo porque habría un enfrentamiento con la guerrilla. Sus casas, la escuela, las calles, el pueblo entero lo convirtieron en una trinchera, pero el enfrentamiento nunca se dio. “Sin embargo, nunca pudimos regresar porque el ejército montó allí una base militar y cuando tratamos de volver nos impidieron el paso, que estaba prohibido. Se robaron todo, hasta los cables de las casas, hoy es un pueblo fantasma. Como éramos tan amigos, era un pueblo muy unido, seguimos comunicándonos. Unos se vinieron para acá para Cartagena del Chairá, otros para Florencia, Bogotá, estamos regados por muchos lados, yo ya me quedé por Pereira, allá tuve que volver a comenzar”.

En la tarde conocí el Bosque de la Memoria, un espacio sobre el que las mujeres MUMIDAVI hablan con orgullo. “Nosotros sacamos la basura, las ramas, por eso ahora se ve tan limpio. Somos las víctimas de este conflicto armado: mujeres y varones de todas las edades quienes lo cuidamos y queremos que tenga senderos que lleven a la casa de la memoria, de los juegos, para trabajar con los niños” Nos contó Amalfi mientras nos guiaba por una parte del bosque. Esa tarde, en el lago del Bosque de la Memoria se reflejaba un rojo atardecer.

 

El río de la memoria

Al siguiente día Sandra Henao y Nelly Buitrago contaron cómo la guerra les había mostrado imágenes dolorosas de muchachos muy jóvenes amputados por las minas antipersonas, les había dejado la inmensa ausencia de los desaparecidos y los muertos, las comunidades rotas, el miedo por los combates. Algunos se habían dado en la plaza del pueblo, donde hay dos monumentos a la memoria, uno hecho por la comunidad y el otro por los militares. Uno cuidado y el otro silencioso, solitario. Por esto y por muchas más razones Sandra Henao que ha visto el sufrimiento de muchos soldados y de sus familias, y Nelly Buitrago que lo ha visto desde los campesinos y las comunidades, están trabajando con mucha valentía para que se cumplan los Acuerdos de paz. Una tarea muy difícil porque algunos se empeñan en mantener la guerra.

En la tarde, nuestro viaje por la memoria y la reconciliación continuó por el maravilloso río Caguán. Íbamos en un ferry que se deslizaba lento y frágil por ese amplio río, en cuyas orillas aparecía un paisaje que dejaba ver la naturaleza exuberante de la Amazonía. “Por aquí pasó José Eustasio, esto hace parte de la Vorágine, es un río que amo mucho y cuando muera quiero que echen mis cenizas en él”. Mientras escuchaba a Josefina, heredera directa del amor por aquella región y por el río Caguán, que se prometía algún día recorrer como lo había hecho su tío abuelo para escribir la vorágine de sus días, comprendía una vez más la gran distancia que hay entre las palabras y la realidad. Recordé cuántas veces había leído o escuchado la expresión “se lo tragó la manigua”, y por primera vez no la entendí tan solo como un hecho de abandono o huida de la civilización, sino que me reconocí como uno de los marineros del barco de Ulises que debían amarrarse al mástil, para no lanzarse a las aguas del mar hipnotizados por los cantos de las sirenas.

En las orillas del río Caguán caminamos por una arena suave, escuchando las múltiples voces que emanaban de la naturaleza circundante, y que como un eco empezaron a resonar en nosotras hasta convertirnos en una armoniosa sinfonía de mujeres tranquilas, liberadas, que sueñan el nuevo amanecer de un país que también irá sanando sus heridas. Una sinfonía que se iba expandiendo en el lejano horizonte de la selva y que fue nuestro “bosque de sonidos” que acompaña el “Bosque de la Memoria”, testigo silencioso de vidas entregadas y renacidas.

Y luego, nos extasiamos mirando las aves que iban pintando de blanco los árboles de sus orillas, y un cielo de trazos rojos, verdes, amarillos que a cada minuto iba cambiando sus matices. Aquella imagen se convirtió irremediablemente en el deseo por volver.

El día cerró con una presentación musical de los niños y niñas con condición especial. Llegaron con bombas y con música que algunos seguían en su silla de ruedas y otros como Pedrito caminando, algo que los médicos habían dicho era imposible. Nos entregaron tarjetas hechas por ellos y luego bailamos. La emoción de verlos nos contagió de esperanza los sueños.

 

Lo imposible

Había llegado el momento del regreso, el Encuentro llegaba a su fin y frente a todas mis previsiones y temores, lo imposible se había dado gracias al trabajo incansable de un grupo de mujeres MUMIDAVI que con sus cuidados, nos habían hecho sentir protegidas y seguras. En la mañana nos despedimos con fuertes abrazos. Cada una de nosotras partía con la certeza de que la reconciliación es posible, que es necesario volver a Colombia un espacio de encuentros entre mujeres, hombres, niños, jóvenes, familias que se escuchan para conocer y entender la historia que cada uno ha vivido: “he ido a varios encuentros pero siempre es muy difícil porque hay muchos reproches, esta es la primera vez que no me siento estigmatizada” dijo una de las integrantes de las Farc cuando se despedía de mí en el aeropuerto de Bogotá.

En este Encuentro también había empezado a descubrir la historia de dos mujeres: Josefina y Susanita, una historia que no aparece en libro o manual alguno, ni en los titulares de ningún periódico, pero que hace parte de las heroicas historias que nos falta por descubrir y contar. Mujeres que están acostumbradas a lograr lo imposible, a construir un barrio con la gente, a denunciar las detenciones ilegales, a darle refugio a los que se han quedado sin nada, a reclamarle a uno y otro bando sus atropellos. Su trabajo les ha granjeado el respeto y la confianza que hizo que las fuerzas armadas, las Farc y las mujeres de la comunidad las apoyaran para que desde muchas orillas, llegáramos para hacer brotar la Paz del medio y bajo Caguán con rostro de Mujer. Una semilla maravillosa que nos quedó sembrada en la memoria. 

MOLE, Bogotá, 25 de diciembre de 2017