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INICIATIVAS Y ACCIONES DE MEMORIA

Categoría

Artículos

Fecha de Publicación

03.27.2019

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Memoria de una travesía por el ejercicio de hacer memoria – Parte 2
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A propósito de la próxima apertura pública del pabellón de este lugar de memoria, el 15 de marzo en El Carmen de Bolívar, recojo los pasos que resultaron en una exposición previa, realizada en el Centro Cultural de la AECID en Cartagena.

Ajeno a ese momento de encrucijadas de alta gestión y de juegos de poder en reuniones ejecutivas en la capital del país, ciudad ensimismada, me había recorrido los municipios de los Montes de María con la frescura de llevar sandalias. En el terreno, ese tipo de problemas se desvanecen. Las soluciones de logística para un taller con las comunidades están al alcance de la mano o de la recursividad del momento – o no las hay, y hay que sentarse a ver llover. En esta particular memoria que trata de dar cuenta del ejercicio de hacer memoria histórica, se ha grabado en la mente el proceso, con algunos puntos focales de luz, casi siempre teñidos de matices inquietantes, en situaciones desagradables, tensionantes, también reconfortantes, sí, pero entre la alternancia de todo, un estilo de felicidad compleja – como debería ser la vida, por otra parte.

Un ejemplo: no lo supe reconocer en su momento como crucial, pero luego, pensando en lo que sucedió y enlazando hilos desde la espesura de lo recorrido, el evento del rayo señalaba algo importante. Fue en Tolúviejo, por ahí en octubre de 2013, en la casa campesina de ANUC, un pedazo de terreno con dos quioscos de palma a las afueras del pueblo. Aunque con poca asistencia, los aportes al taller de construcción de memoria iban en marcha, bien. Eran varias veces las que nos habíamos reunido y se había creado suficiente confianza como para no apretar mucho con el tiempo o la metodología. En algún momento al final de la mañana apagué la grabadora, porque las implicaciones de lo que me contaban, referidas a un presente bajo amenaza, era preferible que no quedaran sino entre los que estábamos ahí. Al mediodía ya se espesaba el cielo. Muy pronto, ya era inútil hablar, así de fuerte llovía con estruendo. Nos dedicamos a ver crecer los pastizales, rebosantes de agua. Con la mayor confianza, veíamos acercarse desde el horizonte que venía del mar Caribe los rayos, con sus truenos en intervalos cada vez más cortos.

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El misterio de la trinidad se explica como tres seres en uno solo. Este rayo fue así o cayó partido en tres. De tantos que cayeron en esa tormenta, uno así de duro tenía que venir a pegar a pocos metros del quiosco, sobre un platanal que quedó devastado. Hasta el segundo trueno era posible la compostura, igual se veía venir que un rayo iba a llegar cerca… el amago de confianza se basaba en conjeturas de distancia y capacidad de protección o divertimento de una cubierta de palma. Al tercer golpe, fue mejor cubrirse la cabeza y abrir bien la boca, por si acaso. Igual que se hace – que he hecho, recordé de inmediato con sorpresa – cuando caen y estallan los cilindros bomba. Lo siguiente, al verse todos bien y enteros, son los gritos y risas de emoción. Ver la caída lenta de la platanera. El pitido en los oídos, también en el recuerdo.

En la tarde, aparte con uno de los muchachos, nos dedicamos a ubicar los puntos de la infamia de victimización, pero también los de luchas agrarias, desde el mapa hecho a mano al sistema de georeferencia. Vistos así, con imagen satelital, los cruces de intereses sobre el territorio, entre minería – de piedra en este caso, dicen que para la ampliación del canal de Panamá –, propiedad latifundista, reivindicación campesina, carreteras y caminos, hechos violentos y cejas de monte estratégicas para la guerra irregular, se vuelven palpables, explicables por su misma evidencia. El rastro de contracción de la propiedad campesina alcanzada en la recuperación de tierras, de una derrota en últimas, también es notorio.

El punto coyuntural que señalaba el bendito rayo, podría significar el cumplimiento de una etapa en la preparación del mochuelo, telúrica en el arremolinar de los elementos naturales sobre el terreno, la transición a una etapa de introspección que intenta hacer sentido de todo lo recogido, y el bautizo eléctrico que, sentido en colectivo como una caricia brusca, impulsaba a seguir sin miedo siempre que fuera en compañía. Algo notable del proyecto, que puedo verificar en comparación con otras experiencias en las que he participado, es la consistencia con la cual se busca crear y mantener pequeños grupos de confianza, con las mismas personas claves y articuladoras desde la comunidad dando continuidad al esfuerzo.

Esa búsqueda de consolidación de grupos es difícil y con resultados dispares, cada caso o municipio trae sus propias exigencias. Los rencores entre vecinos pueden estar vivos, debido a su involucramiento de una y otra manera con alguno de los bandos cuando su dominio era cosa corriente, cuando la voluntad propia se había alienado por una diferencia muy simple entre vivir o morir. En una ocasión, durante uno de los talleres, el recuerdo del ser querido asesinado dio paso con agravios a la acusación de colaboración con un grupo armado, por relación familiar, hecha en contra de otro de los participantes. Ambas personas deben cruzarse así, con esa carga para cada cual, en las cuatro calles del pueblo. Es la diferencia entre la cicatriz palpable, ardiente, con la guerra en abstracto de la que se pueda quejar y ponerse a opinar el ciudadano promedio en las capitales. También el término muy general de victimarios se personifica en concreto, y a veces, para más rabia y frustración, en un coterráneo, sangre de la misma tierra.

En cierto sentido, cada sesión llamada taller era a su manera una terapia grupal de historias y sentimientos atorados que no habían hallado hasta entonces cómo expresarse, ni quién los oyera.

He visto a un hombre adulto y curtido adentrarse en un silencio profundo con el rostro contraído, como asomado a su miedo más secreto, cuando le llegó su turno de hablar. Incapaz de salir de ahí. Después de un largo minuto, alguien más se aventuró a entrar en la rueda de la memoria.

He oído las risas al recordar las huidas, con trepada de muros, tropezones y caídas para zafarse de una bala esquiva entre muchas, que nunca se sabrá si traía el nombre de uno.

El patrimonio cultural, conjugado con la recuperación de la dignidad basada en  la memoria de la tradición organizativa del ser campesino, son capaces de darle una vuelta a la historia. Las estrategias de investigación, curaduría, exposición, pedagogía y difusión, propias de la práctica museal, cobran un sentido muy pragmático en la coyuntura de las urgencias del presente cuando se ponen al servicio de la movilización comunitaria alrededor de la memoria histórica, aún desde el modesto impacto que en últimas pueda tener un proyecto así comparado con las ambiciones de cambio y las graves carencias y problemas cotidianos que se siguen padeciendo, como efecto prolongado de la guerra. Del restablecimiento prioritario de derechos a poblaciones a quienes se los robaron con sevicia, y luego fueron mantenidas en esa condición de despojo, resulta obvio que un esfuerzo puntual desde un museo en forma de pabellón itinerante va hacia el aspecto simbólico de la reparación del daño, pero no es en sí el responsable directo de su cumplimiento. Por una parte, el mochuelo es un pretexto para promover mayores cambios, y por otra, no puede hacer mucho más que eso: promover, visibilizar, recordar, educar, debatir, escuchar.

El tiempo largo en el que colaboré en la consolidación de esta propuesta, se llena de otras voces y recuerdos, de personas valiosas con las que compartimos el esfuerzo. A estas alturas, dos de ellas han participado en la mesa de negociaciones de La Habana ente los grupos de víctimas. Sus testimonios han influido las decisiones para un acuerdo final y duradero de paz. Esas voces que tuvieron la indulgencia amable de narrarme sus confidencias de dolor y de lucha, junto a los cuentos de la riqueza oral del territorio, influyeron antes en la conformación participativa del canto del mochuelo, es decir, del discurso, las razones y propósitos que hacen parte de su esencia. Así, junto a todas las demás voces con las que creamos una sinfonía algo disonante por lo múltiple, fuimos sumando persona a persona un primer círculo de familiaridad, el pequeño grupo clave.

Pueda que dentro de muchos años, esta modesta épica de museo haya sido una de muchísimas iniciativas que impulsaron la transición hacia otra realidad de país. En la duración de una vida profesional en el campo de los museos, sólo cabe la dedicación a unos cuantos proyectos, pues se trata de entidades tradicionalmente definidas por la conservación a perpetuidad y escalas de tiempo que no se compadecen con la brevedad de un recorrido de vida. Aquí, pude haber quemado con satisfacción, emocionado y a plenitud, una de esas pocas oportunidades. Y así la atesoro, la memoria sobre el ejercicio de hacer memoria, para contarla junto a otras al hijo, cuando las conversaciones se enciendan en la serenidad de las noches, como a mí me contaron la saga familiar campesina de las montañas de Nariño.